Tras la grabación de El Fénix de Nata (2024), su primer trabajo discográfico, Jim Otero decidió dar un paso natural en la evolución de Rojim: convertir el proyecto en una banda sólida y orgánica. Para ello se rodeó de músicos con una larga trayectoria en la escena sevillana, formando una alineación que combina experiencia, versatilidad y una personalidad musical muy marcada.

A Otero se unieron FJ Ortega (Stingers), Mel (La Vendedora de Púrpura) y Raúl Frosco (E.N. Ataraxia), tres instrumentistas que han dejado huella en proyectos diversos y que ahora aportan su propio lenguaje sonoro a esta nueva etapa. El resultado es una formación cohesionada, con un estilo claro y con una identidad que se siente viva sobre el escenario y en cada arreglo de estudio.

Un sonido que bebe de la libertad creativa

Definir a Rojim como rock alternativo o indie rock es solo un punto de partida. Su música se alimenta de influencias variadas que se integran de manera natural en cada composición. Las líneas vocales, siempre melódicas y tratadas con especial sensibilidad, se funden con guitarras fluidas, bases rítmicas precisas y atmósferas que buscan el equilibrio entre energía y emoción.

No se trata únicamente de estilo, sino de intención: cada canción parece surgir de un diálogo interno entre lo íntimo y lo expansivo, entre lo que se quiere contar y cómo se quiere contar.

Letras que profundizan en lo humano

Uno de los grandes pilares de Rojim es su propuesta lírica. Las canciones están recorridas por textos poéticos que utilizan imágenes sugerentes para explorar el comportamiento humano: deseos, miedos, contradicciones y momentos de claridad emocional. Las metáforas, lejos de ser un mero recurso estético, funcionan como pequeñas brújulas que guían al oyente hacia reflexiones profundas y personales.

Rojim no solo busca que su música se escuche, sino que se sienta y se piense. Y ahí radica gran parte de su encanto.